sábado, 29 de noviembre de 2014

Escribo.

No hay otro método de redimirme que no sea escribiendo; trazar lo negativo en un papel, desecharlo y comenzar de nuevo. He tenido mil comienzos, mil maneras de callar a los malos pensamientos y aún así he fallado en cada intento.

No me queda nada más que escribir; liberar mi mente por unos segundos, solamente concentrarme en el sonido del lápiz expresándose en el papel. Es como si él estuviese escribiendo por sí mismo, siendo yo un simple transmisor (al parecer, poseído), y así voy perdiéndome por unos minutos, buscando un escape, obviando al mundo.

Escribo en momentos de amargura, cuando la melancolía me captura, o en tiempos de dicha pura (cabe a destacar que estos se escasean cada vez más). Tan solo escribo; escribo para mi, por mi abatimiento, para drenar mis estremecidas y descontroladas emociones. Escribo presenciando las lágrimas, la ira y la desdicha que me inundan; espero salir ilesa de este naufragio que se vislumbra.

Escribir es mi grito de desahogo, para librarme un poco de mis eternas frustraciones, ocasionadas por los sinsabores de la vida. Todo es producto de los malos cambios, no hay retroceso; intento crear variaciones para bien, pero, no consigo divisar sus frutos.

Mi alma se rasga, tal cual sábana vieja; ya no sirven más enmendaduras. Por qué se aglomeran tantos problemas, no dejan de crear disturbios en mi cabeza; todo ha perdido sentido, estoy perdida en mí y en estas calamidades de circunstancias.

Solo me siguen quedando preguntas sin respuestas, y las ganas de escribir para calmar tanta impotencia.

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