Cuando todo se torna gris, con ese matíz caracteristico de la melancolía.
Cuando las adversidades deciden conspirar contra uno mismo y atacar en conjunto; como un gran desastre natural.
Es ahí cuando surge el anhelo de desaparecer, escapar de todo y de todos; buscando un abrigo en la soledad y crear una tranquilidad íntima.
Desahogarse de la mejor manera que uno desee; bien sea de esos desahogos donde se grita, llora, golpea y destroza todo a su paso —sin exceder a daños graves—; o de esos desahogos silenciosos que sólo son efectuados desde y para nuestro interior, de una forma invisible pero palpable.
Pero qué pasa cuando no se puede "desaparecer".
Cuando esa alternativa ya no basta.
Cuando el aislamiento es lo que nos agobia y ya los demás —y lo demás—, nos resultan indiferentes.
Las motivaciones pierden cada vez más fortaleza.
Todo pierde sentido.
Inclusive, la vida misma, pero eso suele suceder; es entendible encontrarse abatido por malos días consecutivos, dificultades y dilemas que se acumulan para luego explotar al mismo tiempo; tal cual como una secuencia de bombas de tiempo diseñada por algún ser maligno que se regocija de destrucciones colosales.
Tal vez uno es el que se "ahoga en un vaso de agua".
Tal vez es la vida que es así de desventurada.
O tal vez, el problema sea uno mismo.
Quién sabe.
Yo aún estoy intentando desaparecer, de mí misma...
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